viernes, 31 de enero de 2014

La emancipación del Mesías

(Crítica a la agenda)


La agenda furtiva deshace el porvenir. Ni lo disimula, ni lo disminuye, lo desintegra.
El exceso de puntos en el tiempo futuro forman, a la distancia, una línea temporal como la de los cuadernos de historia que pretenden determinar la historia contando algunos suceso anormales del pasado.
Esa línea que nos muestra lo que va a suceder en algunos meses, y que libra a algunos de la expectativa, es sumamente peligrosa. Porque nos priva, no sólo de sentirnos ansiosos, sino también de tener la certeza de que uno no tiene idea alguna de lo que el futuro de depara, tener un porvenir.
Uno jamás podría citar la tesis de Sócrates (según Platón) “sólo sé que no sé nada”, ya que al mirar en la agenda, uno podría replicarse “aunque sí sé que el viernes a las 17hs tengo cita con el doctor”.
Una agenda de futuro sobrecargado puede ser contraproducente para la salud, puede emanciparlo a uno del espíritu mesiánico, o de esa persona que, no se sabe bien cuando, vendrá, tocara el timbre e incomodará o animará a quien visite. Librarse de este personaje, del Mesías, es un camino del cual no se vuelve, es como la madurez de un humano o una fruta, en cualquiera de los casos, una vez maduro el ser o fruta, debe desprenderse de la rama, y ya no hay forma de que vuelva, su destino, ahora en el suelo, está escrito, agendado.
El “ojalá”, la sola idea del “ojalá”, es uno de los tesoros que el porvenir nos presta. La espontaneidad expresada como deseo, lo incierto del cumplimiento, o no, de lo deseado, un cierto descontrol.
Esta expresión existe en tanto exista el futuro, y el futuro es el presente continuo, el devenir del presente. Si yo me adelanto a ese devenir, desarmo un ciclo temporal que es el que da dinámica a nuestras vidas, y es así como aparece el estatismo en nuestras vidas, la contemplación infinita, la decisión de no vivir (un Schopenhauer de las agendas).
Anticipar el porvenir, decidir sobre nuestro futuro, delinearlo para luego, sin riesgo alguno, decidir nuevamente, sólo detiene el ritmo propio del acto de vivir.
Ahora bien: podemos hablar también de constelaciones futuras. Sugerencias de porvenir. Puntos en el futuro, alejados unos de otros, que, al tomar uno cierta distancia de la agenda, logra construir constelaciones de eventos. Manejarse con estas formas que a priori son sólo puntos centelleantes en el espacio, pero que en un aspecto macroformal delinean un futuro, puede ser útil en segmentos de tiempo extensos, años, por ejemplo.
Y en otro nivel agendístico nos encontramos con la rutina, o agenda tasita, que maneja los recortes de la vida, toda esa colección de cortezas que acumulamos durante las actividades no intelectuales, o inconcientes. Es decir, los retazos que quedan cuando, despiertos, nuestra conciencia y nuestros pensamientos se desactivan.
Los lineamientos futuros nos permiten recordar los recorridos pretéritos. Esto último es sin duda muy necesario, saber de qué esta hecho nuestro pasado, algo que una agenda vieja puede proporcionarnos.
Se me podría objetar (entre tantas cosas) lo siguiente: si bien la tendencia en Alemania es agendar la amistad mediante frases como “nos vemos hoy en una semana” o, estando en Julio responder: “¿ahora no puedo, pero, tendrás tiempo el 10 de octubre?”; podría decirse que este extremo control sobre los eventos futuros, no es más que un campo sumamente fértil para el imprevisto. Es decir, cuanto más planeado el futuro, más sabroso el imprevisto.
Creo que una objeción de este tipo intenta justificar un comportamiento que, lejos de buscar disfrutar del riesgo de lo desconocido, es sólo un devenir sociocultural inconciente. Algo que, si mal no recuerdo, me llamó mucho la atención durante mi primer año en Alemania.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Coleccionista (sinopsis)

Mediante una extraña técnica que su padre le ha enseñado, un hombre logra extraer de su memoria los recuerdos y transformarlos en extraños objetos, los cuales colecciona en un galpón ubicado en un barrio de Buenos Aires. En este cuento se muestra una de las tantas y diversas maneras en las que las personas llevan adelante la pérdida de un ser querido y cómo realizan sus duelos personales.

Publicado en "Una tarde de otoño en Hamburgo II" (Hamburgo, Alemania. Ed. Antonio Candela)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Recuerdos de una tarde de verano


La ciudad se extiende hasta el cielo nublado, mientras las últimas notas del 1° movimiento del Concierto para Piano en La menor de Grieg, decoran las gotas adormecidas en el vidrio de la ventana.
Airosa observa a la mujer sentada al piano. Ve cómo el sonido brota desde lo profundo de su figura mitad oculta tras el instrumento. Su rostro absorbe cada afecto, cada disonancia lleva a una nueva mueca, y sus facciones hermosas se desdibujan en cada cadencia.
La concentración se quiebra sólo cuando una página queda atrás, cuando sus manos acunan la hoja dándola vuelta. Y en los pasajes más ligeros, los que requieren de un toque liviano y algo frágil, ella lo hace de memoria, entonces puede mirarlo a él, y sonríe ajena a todo. Sus manos, sus hombros desnudos, sus pies entrelazados, continúan atados a la música, pero sus ojos asiáticos lo miran, y su boca lo llama.
Afuera los autos se arremolinan en torno a la plaza de armas, vigilados por el águila de acero. Hasta el séptimo piso llegan los ruidos de los cachivaches agolpándose en la feria comunal. Allí, se respira humo, mezcla de las carnes asándose y la polución.
Paredes adentro el aire es diáfano, nunca antes había sentido él tal cosa. Acaso, pensaba: “Quizás aquella primera vez en la estación de tren, cuando la vi llegar desde el Norte metropolitano”. Y antes, quizás, durante los instantes llenos de expectativa, cruzando un asterisco de bulevares, asiéndose entre los telares amarillos. Con su vista fija al frente, sentía, en aquellos momentos, cómo se le inundaba el alma. Caminaba decidido, sabiendo que esa foto que tanto había admirado, estaría hoy de pie ante él. Iba con tiempo de sobra, a tal punto que pudo detenerse un instante frente a la Academia de la Francmasonería. Ese edificio de un amarillo pálido inerte, que, de niño, despertó en él cierta intriga. Cuando chico no se preguntaba tanto por quién pudiese estudiar allí, sino por quién pudiera enseñar. Y sus dudas se despejaron el día en que conoció a su mentor, su profesor, o, como él decidió llamarle, su pedagogo: el Dr. Bloom.
Esa tarde, enrejada por líneas de luz anaranjada que se escapaban de entre las antenas incrustadas en los techos, sintió cómo un momento, una detención, podía guardar la plenitud, la confluencia precisa de cualquier necesidad.
La imagen nítida de una mujer en medio de la suciedad del andén se hizo presente. La vio llegar, vigilando cuidadosamente cada flanco antes de bajar del tren. Su piel blanquecina no combinaba con las cáscaras de hollín del entorno.

Un timbre lejano lo trae de nuevo a la habitación. La música se detiene, ella lo mira sorprendida por el sonido inesperado que precede a la visita.
El segundo se termina cuando ella busca su ropa desperdigada en el suelo de la sala. Se viste rápidamente y, seria, con sus ojos atentos, busca ingenuamente encontrar su reflejo en el vidrio del aparador. Por sobre su hombro, por el rabillo de sus ojos, esculca por momentos al joven. Con un enojo no aparente detiene su apremio, y lo mira desafiante: “¿por qué te quedás tan parsimonioso ahí?” Ella no entiende su calma, él no se ha movido del lugar.
Sucede que el timbre que ha conmocionado la escena, ha sonado en el departamento de al lado. Él lo ha entendido a la perfección, no sólo la procedencia del timbrazo, sino también la preocupación de esa hermosa mujer, que ahora empieza a bajar sus revoluciones mientras se acerca a él, ya en un tono calmo y seductor. Junto con una sutil caricia en su pecho, desde su boca entreabierta surge la pregunta de si un té estaría bien, y él asiente sereno. La mujer vuelve a descalzarse y se pierde en el pasillo.
Se escuchan los sonidos de tazas saliendo de su repisa, y el agua llenando una pava. Por último, un fósforo que incinera su cabeza en pos del fuego.
La sala comprende un tercio del medio piso. Un piano de media cola en medio del ambiente ocupa gran parte de la trama visual. Cercano a la ventana, un juego de sillas y mesa de café de un verde metálico, y completan el amueblado un antiguo aparador con puertas de vidrio (ocupado mayormente por bebidas espirituosas y artículos de cristal, de una herencia lejana seguramente), y dos robustas bibliotecas que pese a su gran tamaño no desentonan, ya que sus terminaciones en madera torneada se enlazan armoniosamente con los motivos de la guarda que abraza las paredes. De una de las bibliotecas llama especialmente la atención del joven Airosa, una edición de las Constituciones de Anderson. Un libro que debiera tener al menos un siglo de publicado. Su lomo está desmejorado, pero todavía se leen las letras doradas estampadas en él.
Fue la vez que su pedagogo trajo a colación las Constituciones, cuando comenzó ese sinuoso camino de criptas e instituciones. El Dr. Bloom extendió su mano, estrechó la de Airosa, y con un gesto de aprobación en su rostro, le confirió el grado primero: a partir de ese día el joven sería Aprendiz.
Desde un principio, Daniel sintió una extraña admiración por su profesor, una especie de enamoramiento de su intelecto, un atractivo que la incertidumbre genera ante el desconocimiento, y más adelante ante el qué hacer con el conocimiento adquirido. Sólo cuando el estudiante resuelve su admiración, es cuando empieza a aprender realmente, a sentirse un Compañero.
Bloom era un hombre de cuerpo espigado, alto y de hombros puntiagudos. Su frente maciza lideraba una cara de rasgos fuertemente marcados: su nariz pendía de un duro tabique, y sus ojos pequeños irradiaban calma, siempre entrecerrados, protegidos por un par de cristales circulares sostenidos por un armazón, forjado en un metal precioso.
Su andar cansino, balanceado por largos brazos, encajaba perfectamente con su forma de hablar, para la cual empleaba antes de cada intervención, uno o dos segundos de pausa, en la que parecía que sus ideas recorrían una y otra vez el camino del cerebro a la boca, como queriendo cerciorarse de que el ambiente exterior era propicio para su salida.
Cada clase con el Dr. Bloom consistía en un mínimo de 3 horas de charla, de la cual la primera media hora se utilizaba sólo para romper el hielo, tocando temas personales, conociéndose poco a poco. Ese hielo que metafóricamente cubría al doctor no era fácil de resquebrajar. Le había llevado años a Daniel poder entablar una mera charla, por placer, con su profesor.
Las primeras clases, recordaba Daniel, tuvieron lugar en el cementerio masón, ubicado en el centro geográfico de la ciudad. Las mañanas peripatéticas se deshacían una tras de otra en ese lugar. Durante las primeras caminatas, era el maestro quien hablaba, y el alumno retenía: el valor crítico en las estatuas de las estaciones, la simbología agnóstica en el arquero apuntando a la rosa del Domo, el trazado de la ciudad entera, en función de la simbología de la Logia. Todo iba tomando forma y lugar en el entendimiento de Airosa.

La mujer volvió con una taza entre sus manos. Su rostro sonriente revelaba la intención de su nuevo atuendo: un camisón de seda apoyado sobre su piel. Llegó a su lado, dejó el té sobre la mesita circular, se fundió su cuerpo al de Daniel, y lo besó.
Algunas horas más tarde Airosa despertó. La lluvia había oscurecido la tarde. Un brazo femenino cruzaba su pecho. Desde el improvisado lecho en el que se encontraba acostado, veía el canto de la tapa del piano levantada. Luego fijó su vista en el techo, en una esquina donde la pintura se descascaraba producto de la humedad.
Su maestro decía siempre que la viudez lo había encauzado en la senda de la contemplación, que era su forma de tomar a la muerte del cuello y mirarla a los ojos. Contemplar, no hacer, se sentía como la muerte misma, y así, creía él, eligiendo no vivir, podía, paradójicamente, continuar viviendo, ya que, en contraste con la muerte, toda vida es preciada.
Viudo con hijos y ahora nuevamente casado el Dr. Bloom, pero esta segunda vez (misma piedra con la que había tropezado antes, decía él) con una mujer que lo pudiera ver fallecer de viejo. Su segundo matrimonio era dinámico, en constante movimiento, porque su segunda esposa era de la capital, de linaje extranjero, y esto hacía de la relación un ida y vuelta frecuente y literal, de viajes, conciertos, congresos, y visitas familiares.
Sus hijos, ya grandes, estudiaban en el exterior, y ella nunca le había demandado, o propuesto, tener más familia. Vivían juntos y separados, enamorados y arreglados. Él nunca dejaba de ser un Maestro, y ella tampoco relegaba su profesión artística.
El tiempo hizo de Daniel un Compañero, y esto significó algunos cambios en su relación con Bloom. En primera instancia, las caminatas ya no las hacían de a dos, sino con nuevos aprendices. Ahora Daniel acompañaba a su pedagogo a la radio, donde se llevaba a cabo la puesta en el aire de un escueto programa de divulgación, en el cual el Dr. Bloom dejaba rodar sobre la mesa de discusión un tema sobre el cual los oyentes opinaban. Bloom daba a éstos un tiempo prudencial para intercambiar algunas palabras con él en vivo. Para ese entonces, Airosa, como Compañero, continuaba en su etapa de aprendizaje, pero ahora en forma intensiva, y con una relación más cercana y hasta afectiva con su mentor. Las clases ya no eran momentos del día, sino una rutina diaria, una forma de vida.
Los días de programa el profesor lo llevaba en su auto hasta el barrio universitario, donde se erguía el alto edificio radial. Una construcción oscura, que en su cima guardaba uno de los tantos espacios ganados por la Logia en los medios. Al lugar se entraba por una pequeña puerta lateral, y luego seguía una escalera de mármol oscurecido, que serpenteaba en derredor de un hueco con enrejado negro, que había pertenecido a un ascensor.
Una de tantas tardes de radio, al atender a uno de los oyentes, la cara de Bloom se ordenó de una manera tal que su alumno nunca había visto. Esos ojos parsimoniosos y eternamente entreabiertos, se estiraron hacia arriba y hacia abajo tanto como pudieron, y su boca se detuvo abierta, sin emitir sílaba alguna. Tardó un tiempo en reaccionar ante el sonido del monitor. Era la voz de una mujer. Amena, de ritmo ligero y consonantes ligadas. Una soprano grave, con un dejo eólico en cada desinencia. Su melodía era algo monótona, hasta que soltaba una cadencia interrogativa, entonces un melisma florecía sorpresivamente.
El doctor volvió lentamente en sí, y comenzó la conversación. La intriga de Airosa superó cualquier formalidad, y terminado el programa, éste preguntó a su maestro a quién pertenecía esa voz tan interesante, a lo que Bloom contestó: “esa voz pertenece a mi esposa”.

El único ruido en la habitación es el de la lluvia golpeando el afuera, un rumor. Acodado en la ventana, Daniel observa a su dama, desnuda y dormida. A su lado, sobre la mesa, la taza todavía lo espera, llena de té frío.

Cuando logró publicar su primer trabajo, Airosa rebosaba de felicidad, sentía el calor del pavimento del porvenir. Pero el fervor fue, como todo fervor, efímero. A pesar de eso, la merecida celebración se llevó a cabo.
Bloom organizó una cena en su hogar. Serían el Maestro y el Compañero, que según los pronósticos del profesor, la Logia lo promovería a los grados de maestría el año entrante, junto con nuevas publicaciones y participaciones literarias.
Qué más, un futuro prometedor, y el amparo de quien hizo de él parte del universo de la Logia, su pedagogo. El enamoramiento había mutado en una rara especie de afecto hacia un padre.
A las ocho sería la cena donde Bloom. Su esposa arribaría a la ciudad sobre el final de la emisión radial, por lo que Bloom encargó a su alumno ir a por ella.
Media hora antes de la cita apuntada, mientras el sol se escondía, Daniel cruzó el barrio viejo de la ciudad, y luego de detener su marcha frente a la Academia Francmasónica, y deslindarse de la nostalgia entre sonrisas y lágrimas, llegó a la terminal temprano, y tuvo tiempo de distraerse, esta vez, con los techos ensombrecidos, el pedregullo sobre las vías, el suelo, el aire acorrentado, y el gris sobre gris de la tarde anocheciéndose.


Mira nuevamente a través de la ventana. La ciudad pareciera estar desapareciendo, sus sonidos, sus olores y los colores se funden en un gris sobre gris. Más abajo un auto estaciona, y desde el séptimo piso se adivina cómo la frente calva del Dr. Bloom desciende del coche con un portafolios en mano. Airosa calcula, deberá despertarla cuidadosamente para no asustarla, para que se aliste rápido. Por su parte, Airosa, limpia el escenario, y ensaya el cuadro del eterno alumno (ahora Maestro) esperando por su mentor, su pedagogo.

lunes, 7 de octubre de 2013

Té para uno

Ensayo sobre la voluntad en la promesa

Llega un hombre a destino, y no hace lo planeado. Su viaje, su tiempo empleado en tal empresa, sus ganas de ver a otra persona. Todo relegado a su palabra, fuerte y verdadera. Este hombre ha llegado a destino y a desertado de su ejército de sentimientos. Y la pena por deserción no es otra que el fusilamiento a sangre fría. Su corazón pareciera palpitar el castigo, y sus paredes, robustas de experiencia, dejan pasar el plomo, ese metal que quedará por siemrpe en la sangre, una historia más dando infinitas vueltas por su cuerpo.
No hay tratamiento para el amor. Ni terapia para el olvido, es sencillamente una disciplina, y por disciplina que es, requiere de firmeza, desiciones claras, y respetar lo prometido. Así fué entonces, este hombre, no hizo otra cosa que respetar su palabra:
El miedo se presenta como centro, como motivo del viaje, razón de la escapada. El miedo que destruye lo humano, pero que aquí representa la esperanza al cumplir el deseo de ella: no verle nunca más.”
Frente a él nadie, un hueco pasajero. El vagón parece estar casi vacío, y la segunda hora de viaje se alarga hasta el fin de los tiempos. Una caja, no muy grande, reposa sobre sus rodillas. Un obsequio.
El mértio, la idea de que algo sea meritorio, radica enteramente en los hechos. Los haceres de las personas hablan solo de sí mismos, como la música. Luego, otro grupo de personas, se encargan de dar sentido a esos sucesos, muestras de fé, o convicción.
Sobre lo que esta caja contiene, hay claras instrucciónes, que ella conoce a la perfección. Debido a esto, el regalo será atinado, y generará lo esperado, alegría y algo de nostalgia tal vez. Si la caja llega a destino, esa es otra pregunta, que no tendrá respuesta, sino hasta nuevo aviso, que pudiera ser nunca.
Subir al tren pareciera ser el primer paso, literal y metafórico a la vez. Los escalones que lo separan del transporte no son sólo sencillos niveles metálicos, sino también el primer gasto de energía espiritual. Es su alma la que pesa al subir al vagón, ahora de unos 21 kilos. Su paso se aploma y la planta de su pié izquierdo, segunda en el acto de subir, pareciera estar clavada al suelo Hansiático. ¿Y qué hay del azar?:
Dejarlo ahí, sin saber si lo recibirá o no, si el vecino es un enfermo que todo lo registra y olvidara que recibió algo para ella, si esa noche cae una bomba y no queda nada, es el miedo.”
Esa tarde de agosto, decidió que su espíritu lo necesitaba, que debía cerrar el cielo, nublar la esperanza. Sin siquiera hacer cuentas, compró un pasaje de ida y vuelta para el mismo día. Sería una travesía, una odisea metafísica, porque su cuerpo viajaría sólo 4 horas, pero sus pensamientos darían miles de veces la vuelta al asunto, la caja, el regalo, ella, su promesa. Cómo hacer para ir hacia ella, viajar para darle lo que en el interior de esa caja esperaba, sin mirarle a los ojos, cómo estar allí, sin haber estado.
El hecho de ir sin haber estado jamás alli, es lo imposible del asundo.
Si eso no es una prueba de amor, entonces sólo queda rendirnos. Hechar por tierra cualquier empresa amorosa que se nos ocurra. Queredores a queridos, la guerra eternamente perdida. Y como rendirse no es una opción- y en todo caso ahogarse buscando el horizonte en el mar- sólo queda ir y dejar la caja al vecino, y perdirle sea tan amable de entregar esta encomienda a esta mujer, a quien hemos prometido no vovlerle a ver. Porque lo que vale de una promesa, en fin, es el cumplirla.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Chaucha

En el 79 la rutina ya había cambiado, si bien el estudio de la música nunca se detuvo, hubo sí una merma en la expresión artística. Se creó un repertorio escuchable, y esto se debió a un interés político nacional, de generar una espe- cie de subconsciente colectivo, aboliendo el susurro, la superstición y la lírica. No obstante el ciudadano podía disfrutar sin límite alguno de los conciertos programados en la agenda de la filarmónica, producciones íntegras del Instituto Cultural de Manila. Eran humedecidos entonces, los oídos del pueblo, con las líneas centroeuropeas y decadentes de las tubas wagnerianas. Brahms, Beethoven y Mozart también se interpretaban con cierta regularidad.
En la periférica lejanía ejercían todavía las disculpas musicales a la muerte, las chauchas sonaban a la distancia, algún pequeño valle les adobaba en resonancia y las cañas de bambú se encontraban en una suerte de choque folklórico, se gastaban en ceremonias de agradecimiento. Esto representaba por ese entonces la otredad, la tradición cultural era lo otro ajeno, idea que cada mañana una música radial se encargaba de atornillar en cada oreja ciudadana en ayunas, cuando estas todavía blandas y dóciles.
Los tres hermanos, separados todos por bastante edad, eran lo nuevo de un linaje mutado, de nombres de raíces tan diferentes entre ellos, que parecían una secta formada por habitantes de diversas partes del mundo que compartían idioma, querencia y una historia ancestral (difícil). Este fenómeno se debía a los vaivenes del poder político internacional, nada que un pueblo lugareño pudiera preveer y/o variar. Un principio de colonia española que luego fue tomada por un imperio económico moderno, y puesta así, bajo un velo militar poco amigo de la libertad física. Una moda en realidad, que hubiérase pro- pagado desde Sudamérica. Y de postre, una religión tratando de propagarse.
Los tres hermanos serían separados: dos relegados al miedo, y el restante, hoy difunto, a la cárcel.
En el 80 la rutina cambió nuevamente. La música era para Juan un ins- trumento más (la música un instrumento), mediante el cual él idealizaba un mundo trovado, improvisado y poético. Letras interminables de armonías esclavas, que trabajan solo para que el texto logre ser cantado dentro de la variable tiempo. Estas eran las primeras puntas que se daban a conocer, de un mercado que apuntaba cañones a su nueva adquisición. 
Se gestaba en esta malversación de la moral un movimiento de intereses encontrados con su propia materia prima: la canción de protesta. 
Juan nos contó con algo de orgullo genuino, que fue su hermano mayor el compositor de una de las primeras canciones de protesta que comenzó a circu- lar en la calle, siendo distribuida en forma clandestina y con gran aceptación por parte del burgo bajo el velo. 
Cada mes desde el encarcelamiento de su hermano, se le permitía a Juan (el más joven de los tres) y Leonard (en medio), visitar al mayor. Eran ocasio- nes algo especiales, no solo por la alegría de un reencuentro (muy compinches los tres), sino también por el tramo a recorrer hasta llegar a la celda, que, lejos de ser tomado por el joven Juan como algo aventurado y novedoso, era una aguja más en su acupunturada cabeza de pibe. No era nada grato el momento de la revisión, un tanto promiscuo y nada discriminatoria, se auscultaba de igual manera al ya adulto como al pequeño de doce años. 
Fueron súbitas y sucesivas durante el relato, las aclaraciones que hizo Juan al contar esta secuencia en la cárcel. 
Nada pasaba los controles sin una previa y exhaustiva revisión de los guardias. Los bolsos debían dejarse en pequeños armarios en la sala recibi- dor. De haber comida, esta se revisaba a manotones, o, los policías más finos, haciendo surcos con sus manos de dudosa higiene. Todo en pos de prevenir el tráfico de instrumentos cortopunzantes y cuerdas para finales acelerados. Cada visitante era palpado al menos tres veces por tres diferentes guardias (para evitar suspicacias y planes B), el ritual consistía en extender las manos formando entonces una especie de T humana y luego procedía el agente a re- visar minuciosamente cada bolsillo, doblez, cuello, mangas, calzado, cinturón (este no se permitía) y el pelo. 
Solo esa vez tal, una de las varias, tuvo oportunidad Juan de pasar, siendo todavía un hijo de doce años, con un pequeño papel pentagramado. La suerte se adjudicaría este hecho, si no fuera porque absolutamente adrede fue llevado este trozo de papel al hermano mayor, el subversivo de treinta años, oriundo de su propio país. 
Esa vez la mañana fue una sesión, no una simple visita. La primer prueba de audioperceptiva para Juan.
Hacía exactamente un mes ricardo le había encomendado a Juan traer consigo un poco de papel para escribir música (así le dijo), y que él iba a cantarle una melodía y esta debería ser transcripta. Juan era el único de los tres hermanos que tenía conocimientos musicales tales como para escribir notas en un pentagrama. Si bien su experiencia transcribiendo melodías a primera escucha era nula, era él el único posibilitado para transportar un trozo de papel (con la gravedad que esto conlleva) y de escribir haciendo uso de su máxima concentración, lo que su encerrado hermano le cantase. 
Una melodía sencilla, fácil de recordar, y algo así como su hermano en susurros cantó, algo así (ya que el susurro degenera las alturas) fue que el niño, clavando nuevas pesadillas en su sien, bajó al papel lo que en el aire. 
La salida de la cárcel se creía traumática, pero resultó inesperadamente sencilla. Luego de ser palpados una y otra y otra vez, el último en la línea de los uniformados prestó especial atención al papel, y los dos hermanos, sin entrenamiento teatral alguno, sin mueca alguna en sus rostros tallados en indiferencia, no hicieron caso alguno a la situación, aunque tan tensa era. 
No por gracia divina sino por una exhaustiva política de estado, fue que el guardia no tenía idea alguna de lo que esas notas juntas significaban, eran solo notas, como las que toca la filarmónica, como las de Mozart, sí… 
La melodía estaba a salvo en casa. Si bien el ritmo era algo incierto debido a los nervios de Juan en el momento de la traducción, el espíritu de esa música era de canción, no cualquier género de canción, sino de protesta, el ritmo lo darían los versos. 
Tan importante el texto, estaba ausente. El paso más complicado del plan se llevaría a cabo en los sucesivos cuatro meses. En cada visita el hermano mayor entregaría a sus dos menores partes de la letra, versos. Por supuesto que el desbarajuste de un tráfico de tal calibre (¡texto!) hubiera sido motivo suficiente para que los hermanos menores sean enviados a la cárcel, la común, ya que un niño de apenas doce años no sería menos potencialmente peligroso que un hombre armado de unos cuarenta años de vida. 
Las instrucciones habían sido claras: 1) Corten tiras finísimas de papel y 2) Leonard no te cortes las uñas.
Pasar la guardia con un lápiz y el papel para escribir música resultó esta segunda vez muy sencillo e incluso anecdótico para los uniformados: “el niño músico y su hermano”.
Las T humanas fueron palpadas, de mangas a tobillos, y pasaron sin más. Sus roles de traficantes de protesta estaban curtidos, entrenados con el pasar de las visitas. Y fue esa primera visita la que dejó en claro que las próximas darían también resultado. El lápiz 2b de Juan escribía una vez más, pero no en forma de notas sino palabras unidas, versos. Algunos más largos que otros, la letra estaba concebida en prisión, no por un músico o un poeta sino por un ser- vidor al movimiento bajo tierra. Era por ende, una carta sin forma de canción, pero con su espíritu. Las finas tiras de papel una vez escritas eran enrolladas formando pequeñísimos cilindros que acto seguido eran introducidos bajo las uñas de Leonard, y este, muy a conciencia, recordaba qué verso estaba en cada dedo: “este es el primero”, decía el preso al tiempo que tocaba el pulgar de su hermano con la yema de su dedo índice. 
Luego de cada visita durante los cuatro meses, sin hacer antes otra cosa, se sentaban los hermanos en la mesa del estar y desenrollaban cuidadosamente cada cilindro, ya un poco machacados por el viaje. Uno leía cada verso, en el orden correspondiente, y el otro los pasaba en limpio. 
La cinta cassette recorrió los barrios y los foros de comunicación. Dio pié a otras canciones, animó a grupos musicales, producciones bajo tierra de circulación masiva. Surgieron sellos discográficos clandestinos que luego fueron devorados por el mercado contra el cual supieron levantarse. Por sobre todo, expresión y caminos. El bambú volvió a sonar esta vez en el reproductor de música, los respetos y la superstición fueron hechos canción.
El profesor Basán continúa, luego de contarnos esta simpática anécdota, con su seminario de composición en la Escuela superior de música de Lübeck.

domingo, 9 de junio de 2013

Los verbos ser y estar, y la mentira (segunda versión)


Vuelvo al tema génesis de este blog, de esta serie de escritos. La sutil ventaja del espanol por sobre algunos idiomas en los cuales los verbos ser y estar se encuentran sintetizados en uno solo. Me refiero específicamente al alemán, lengua que preciso utilizar a diario*.
Y lo que me lleva a escribir nuevamente sobre esta diferencia, es la mentira, la mentira como objeto. Ella y su valor de verdad, qué tan consecuente con la realidad es, dependiendo del verbo que la abrace.
Quiero decir que la existencia de la mentira depende netamente de la instancia sobre la que esta pareciera suceder, sobre el verbo ser, o sobre el verbo estar.
Algunos ejemplos:
Una persona que mide 1,70m le dice a otra de 1,90m: “yo soy más alto que vos”. El que la persona mas baja declare lo anterior (de haber esta persona hablado en forma literal y no figurativa), no se condice con la realidad, y no varía o afecta a la realidad, ésta seguira sugiriendo que A es más bajo que B. La condición del mentiroso será siempre la mísma. Estamos en presencia de una mentira, algo falso en un contexto real.
Ahora bien, un segundo ejemplo: Una persona le dice a otra: “Te amo”. Será esto cierto?.
Si quien confiesa expresa la negativa de lo antes dicho dos meses despues, es esta persona un mentiroso?, o mejor preguntado, ha mentido esta persona esa vez cuando manifesto su amor?.
La mera existencia de estas preguntas, nos habla de un cambio de marco. La especulación sobre la mentira ya no gira en torno a la condición de la persona, sino a su estado, que variará el resto de su vida, estado sobre el cual uno suele referisrse en espanol con el verbo estar: cómo estoy, cómo me siento (distinto del verbo estar refiriendose a la situación del sujeto).
Puedo aventurar una conclusión, que siempre será prematura, que dice: desde su idioma es que el latino detecta la mentira, la entiende, la comprende y concibe el cambio del estado de manera más fluida.
O bien la mentira es donde el verbo se hace carne, inamobible carne de nuestros huesos, de la realidad que golpéa y deja una marca, o es un comportamiento humano para lidiar con el despecho, con la culpa, los gritos del alma, los duelos, la muerte, el cambio básicamente. O será ninguna de estas su acepción, será la mentira primera este ensayo, que plagado de falsedades relata el destino de un juguete literario, la madre de la falsedad.
Puede que para los que provenimos de las raíces latinas, la mentíra no nos sea ajena, no por practicarla más o mejor! (eso no pareciera depender del idioma), sino por reconocerla en nuestra lengua, nuestro idioma, y en nuestra boca, su sabor, su dejo amargo sobre los verbos ser y estar.
Para explicarme mejor, voy a dividir la mentira en dos variedades: la mentira de estado, y la mentira de condición, esta segunda se fija en el ser, transformandolo a este en un mentiroso, mientras que la segunda es un malentendido, o una excusa, pero de cualquier manera esconde una verdad; la verdad del cambio.
Esta es la segunda versión del ensayo “Los verbos ser y estar, y la mentira”, porque al escribir la primer versión (en la computadora), debido a un problema técnico, el texto se borró, desapareció y tuve que escribirlo denuevo. Tal vez, en este caso, haya sido esto una ventaja.

*pequenísima aclaración: hay sí una poco utilizada forma de diferenciar el verbo ser del estar en alemán: ser = sein, y estar = da-sein, que sería estar ahí. Pero, aun así, la ascepción del estar que define el estado de una persona y no su posición, no tiene una clara diferenciación.

jueves, 14 de marzo de 2013

Océano de minorías



Lector: este es un falso ensayo extraño, tiene palabras de más y puede ser poco claro por momentos. Espero le sea leve.

La queja es un síntoma producido por la necesidad.
Algo un tanto más intrincado es la necesidad de quejarse.
La necesidad aparece en sus dos formas, una se expresa en el mundo real y la otra no.
El segundo caso no es más que una falsedad. Ya que necesitar quejarse, sería necesitar necesitar, y esto es, además de redundante, completamente ilógico. Y, porque lo ilógico existe en la conducta humana, me refiero a que detrás de la frase “necesidad de queja”, hay un profundo deseo desfigurado.
Ensayo lo siguiente: quien necesita quejarse, busca en realidad formar parte de una minoría.
En cierto modo, en este falso ensayo retomo el texto “Quiero un enemigo”, ya que lo que oculta este deseo desfigurado son los falsos objetivos comunes, las quimeras. Por ejemplo un enemigo común, una necesidad común, una problemática común. Y cuando digo común me refiero a denominador común, que denomina a una mayoría, cansada, en problemas, incómoda y/o con miedo, o sin miedo, ni problemas, ni cansada (en el más profundo de los casos).
Al referirnos a una mayoría caemos en la vaguedad, y esto no pareciera ser un problemón: “¡qué terrible, hemos caído en la vaguedad!, y ahora ¡¿cómo salimos?!”. No, no parece un problemón, pero lo es. Y ahora retomo otro texto del blog: “Identidad debilidad”, porque junto a la adopción de palabras está la pérdida del sentido de los fundamentos que estas palabras enarbolan, se pierde el eje. Cuando la muchedumbre se queja, hay un millar de problemas por los cuales cada minoría que forma esa mayoría quejosa, se moviliza. Cada grupo tiene su tema, su necesidad. Sucede que el poder, el poder no se obtiene con la queja en si, no se trae de casa y se iza en medio de una plaza, no. El poder se logra con una multitud de voluntades al unísono, mínimamente coordinadas. Y es así como muchas minorías recurren a la vaguedad en sus quejas, para poder obtener ¡primero!, el medio para lograr que la queja trascienda, juntar poder. Y aquí, muy por lo bajo, es donde la necesidad puede transformarse en pretensión, que puede distar mucho del fin primero.
Hemos dado una vuelta sobre los pasos hacia una queja propiamente dicha. Y ahora, lo que sucede con quien busca formar parte de una minoría, que para conseguir poder se una a otras minorías y, dotando de la vaguedad necesaria su discurso, logren quejarse.
Donde no existen minorías no hay problemas. Creo entender que lo primero no es el problema sino la minoría, y la exclusión, en algunos casos. Y sino la exclusión por parte de una fuerza mayor, por mano propia del individuo, que entiende que no es igual al otro, no es igual en cuanto a sus necesidades, sus sospechas sobre la realidad de las cosas, su idea sobre lo correcto y lo incorrecto.
Donde no existen minorías no hay problemas. He estado ahí, no fuera de una minoría, sino rodeado de la ausencia de minorías. Voy  a ser lo más claro posible: uno forma parte de una minoría con respecto a todas las minorías juntas. Sin embargo, en ciertos casos, las minorías se definen por ser un número menor con respecto a una mayoría, y aquí cambia radicalmente la idea de minoría, ya que esta pasa de ser una minoría más en un mar de minorías, con sus necesidades y quejas, tan importantes como la de cualquier mayoría, a un número menor con respecto a otra cantidad superior (mayoría), que entiende que la democracia es la vía para lograr resolver sus necesidades, vagas. Me refiero a los casos en los que hay una mayoría formada a partir de la ausencia de intereses diversos; donde un todo se mueve en pos de, y sólo por, lo que este todo decide que su necesidad sea.
¿Cómo puede ser que un todo piense igual?, ¿cómo es que hay un acuerdo para quejarse, si fuera necesario, de lo mismo?. Y una vez resuelto el problema del todo, ya no hay quejas. En este justo instante aparece el deseo desfigurado, eso que pareciera ser objeto de nuestro anhelo, por lo que nos quejaríamos por mas absurdo que parezca, por ejemplo: “¡que desastre, el tren llegó dos minutos tarde!”, o “¡ché, este año no pude cambiar el auto!”.
La real necesidad esta en ser una minoría, tener una identidad e intereses propios.
Hacia el final de este confuso falso ensayo voy a escribir claro y conciso: Quejarse vale, pero primero hay mirar a los lados, al frente y abajo, no valla a ser que uno esté parado sobre alguien y no se haya dado cuenta aún.
Minoría somos la mayoría, que tenemos intereses diferentes, que tenemos que convivir con los intereses de otro, que convive con nuestros intereses.
Que feo mirar al otro y saber que tanto él como uno forman parte de una mayoría petrificada, seca, vacía, estática, que no tiene nada que decirse a sí misma, que está, al fin y al cabo, sola, no convive con nadie porque es el todo, la mayoría, está sola como el universo, que se expande y se contrae en su infinita tristeza.

martes, 15 de enero de 2013

Al falso lector




Como quien lea habrá notado, hay algunas historias que han llegado a un esperado final, y otras que se encuentran en mero proceso de entrecruce. El blog ha tomado a lo largo de su corta existencia su tono esencial, su timbre. Este espacio suena, al ser leído, a un gran cuento. Y esta estética falaz con la que este sitio se expresa, ha compuesto su género: el falso ensayo, la historia tergiversada o el “cuento” (entre comillas justamente).
De cierto tienen todos estos textos sí, que en su totalidad forman un trabajo, una producción a lo largo de meses de distancia subcutánea (uno consigo) y oceánica (uno y los demás).
En una entrada anterior se muestra la tapa del libro que hace sólo semanas se terminó de publicar. Un pequeño libro (unas 88 páginas) titulado “Un verano nevado”, que contiene algunos de los textos en este blog publicados, y otros tantos inéditos.
La decisión de pasar a este soporte los relatos y falsos ensayos proviene de los mismos textos, es decir, de lo que en parte pretenden ellos ensayar: más de una forma de existir. El falso ensayo toma forma de libro, con su diseño, arte de tapa y fotografía (a cargo de Janna Schartner, a quien agradezco inmensamente), su precio, su lugar a ocupar, y su infinitud (esa cualidad que el libro le dará a los textos).
No son hojas arrancadas, es un producto que llevó su necesario tiempo, pero creo visible su esencia, ese impulso, la energía que me empujó a escribir (porque fue un empujón). Es un álbum de composiciones, constituido no por música sino por el entorno de la misma, el entorno del sonido, lo que ha sucedido al momento de su organización a lo largo de un año aproximadamente. La realidad circundante a la música.
Les dejo entonces en esta publicación toda la información necesaria para que quien esté interesado, pueda adquirir el libro.
Les saluda atentamente, el Falso Ensayo.
En librerías de Argentina (Buenos Aires y La Plata, supongo)
O contactándome: ypettoruti@hotmail.com
PD: el Falso Ensayo Blog seguirá funcionando.

sábado, 12 de enero de 2013

De cómo bajo la sombra de un árbol volví




Un hombre ya viejo, de barba candado color blanco, un tanto descuidada. Como salido de una película de altísimo presupuesto y mala, lleva puesta una gorra de conductor de locomotora, de esas que estos mencionados funcionarios no usan, entonces sólo un estereotipo que cual hongo de pared creció en silencio.
Está sentado sobre su andador en la esquina de la Tivoli Weg y la Reeseberg, contemplando el barrio gris junto a su perro, una mezcla de labrador con heladera, color marrón claro o beige. El animal tiene toda su panza acostada sobre la vereda congelada, y sus cachetes, masticados por su edad, también descansan clavados al suelo.
La calle se desvanece, los ruidos también, asordinados por el joven velo matutino de nieve. No hay autos circulando y la luz solar se hace esperar tras la muralla de edificios de tres pisos, allí, en dirección al sol saliente. Comienza a iluminarse un cielo limpio de nubes, de un color azul infinito. Las estrellas empiezan a confundirse con la claridad, el reflejo del ozono deshace la luna, y como surgido de un disco de vinilo desgastado, se escucha un tren carguero tras la muralla, de allí mismo, desde donde nace Mañana.
Siente sobre él todavía la noche, cree encontrarse en la frontera del nuevo día. Se dice a sí mismo en voz alta: “cuando el ruido deje las vías, será mañana”
Su canino compañero resopla con cierta dificultad, y el hombre, siempre proveedor de comida, adivina en su cara perruna dos montañas sobre los ojos, una frente que se frunce hacia arriba, como suspendida de un hilo invisible, y dos ojos marrones que en escala de grises dibujan, de izquierda a derecha una y otra vez, un “son locuras tuyas”.
El viejo jala de la soga que tiene en su mano, atada en el otro extremo al collar que el perro lleva puesto. El tirón no hace más que dar a la soga una muy baja frecuencia, solo un vaivén, un castigo de poca monta, que el animal siquiera siente, y junto al violento gesto, el anciano deja caer un algo de entre sus dientes, un ruido que pretende ser un gruñido, una sílaba de desdén, o al menos una vocal perdida. El perro resopla nuevamente, esta vez un poco mas fuerte, y algunos copos de nieve frente a su hocico se arremolinan.
Dentro de este hombre una idea toma forma: “si yo me acomodase a la sombra de un árbol, si me dijera a mi mismo: Ahora estás del lado de la sombra, del lado del la Tierra al que el Sol no ilumina.”
El pensamiento se diluye.
Una señora mayor, no mayor que él sino de su misma categoría, lo mira desde la cuadra de enfrente. Hace ya varios minutos que esta mujer lo observa.
Muerde su labio inferior mientras hamaca su cabeza de lado a lado. Luego reprueba entre dientes: “si será mirona la vieja”. Y acto seguido pega un grito que estremece al perro y a la esquina toda. El diptongo viaja imprudente hasta la vereda de enfrente y el tosco yunque de la anciana golpea una vez, como apurado. Ella oye y transforma sus facciones, como dejada secar al sol por años su rostro se arruga en señal de repudio al de muy mal gusto y descortés grito de su vecino.
“El planeta se divide a sí mismo con la sombra, el hombre ha decidido que su hogar en este universo tiene por lo menos dos partes, a saber: el día y la noche, la parte del planeta que está siendo iluminada por el Sol y la parte que no.
Y hemos puesto estas dos porciones de planeta en una línea, y decimos entonces que si cavásemos un pozo que atravesase la tierra, un túnel que pasase por el mismísimo centro de la Tierra, llegaríamos al ayer, o al mañana. Porque, ahora que la frontera entre el día y la noche en la que me encuentro se va decidiendo, yo diría que son las 9 de la mañana, entonces hace unas cinco horas que estoy despierto, a esta edad duermo poco e irregular, y por fin pienso, que me he levantado esta mañana a eso de las 4 de la mañana del día lunes, cuando en Buenos Aires fueron los últimos minutos del día domingo, del día de ayer. Si yo me hubiera dejado caer en este pozo imaginario, mi ayer hubiera vuelto a mí.
Como no puedo cavar un pozo tan profundo, ya no puedo cavar; entonces busco otra solución para volver, para ser en cualquier momento en ese hemisferio que tanto extraño. No puedo trasladarme largas distancias, entonces busco en mi mente recovecos que antes no haya explorado, un ápice de masa gris, fértil, donde dejar crecer la idea de haber vuelto bajo la sombra.
Si yo…”, aguarda el anciano unos segundos a que la conclusión acompañe a pregunta, “si yo me acomodase a la sombra de un árbol, si me dijera a mi mismo: Ahora estás del lado de la sombra, del lado de la Tierra al que el Sol no ilumina. Habría vuelto, estaría en el ayer, o mejor aún en Buenos Aires. La sombra es el ayer, bajo la sombra es cuatro horas más temprano, la tierra en sombra sería durante el día mi tierra natal. Volvería en el tiempo debajo de cada árbol, en la porción de Tierra que el Sol no alcanza”.
Esa noche al volver a casa, vi en la esquina a un anciano y su perro, bajo la luz de la lámpara de la calle.

sábado, 5 de enero de 2013

Un verano nevado - Libro

Falsos ensayistas, les presento un compilado de relatos, recién salido del horno.
Algunos ya leídos en el blog y otros muchos nuevos.
Para conseguir un ejemplar, contactarme, buscar en librerías de La Plata y/o Buenos Aires Argentina (en breve), o por internet: http://www.dunken.com.ar/web2/libreria_on_line.php?NOVEDADES=1

miércoles, 2 de enero de 2013

La ante-última clase




Este hombre ha viajado por el mundo desde un taburete. Digamos que ha conocido gran parte del mundo en blanco y negro. Aprendió sobre cada país que cada profesor le trajo, se informó, leyó los diarios y prestó especial atención al panorama internacional del noticiero en la TV. Recuerdo que de cada noticia trascendente de Argentina, el señor Heinzelman me hacía un comentario, muy al pasar, una escusa para charlar y demostrar su interés por mi país de procedencia.
Sobre el piano se posan suavemente sus agrietados nudillos, que acomodan una partitura, una canción de navidad. Y leyendo las primeras notas, con una voz retraída, engripada o resfriada, me dice: “¿así que pensas dejar este trabajo?”. Y sin sorpresa respondo que no sólo he pensado en dejar este trabajo, sino que ya tomé la decisión hace tiempo y renuncié, por lo que esta es nuestra anteúltima clase.
“Ah, ya renunciaste, y ¿me lo ibas a contar?, tenés que contarme esas cosas”.
“Sí Herr Heinzelman”, le cuento, “pensaba informarle hoy, pero usted se enteró antes. Lamentablemente me es cada vez más difícil dar clases en esta escuela. No conozco a nadie aquí, después de casi dos años no conozco a nadie. Y no es que yo no salga del aula de piano, o no haya querido interactuar con otros, es que sencillamente no me he encontrado con nadie a lo largo de todo este tiempo, y nadie me ha sido presentado. No hay equipo en esta institución, y eso sumado al viaje de dos horas de ida, y dos horas de vuelta, se hace difícil”.
Pero noto que Karl Heinz ni se inmuta, sigue “leyendo” las notas navideñas. Entonces miento: “además voy a tener que mudarme a Lübeck”. Sin aclarar por qué, digo que me mudo: mentira y argumento, que convence a mi alumno.
Interrumpiendo mis últimas palabras alemanas, Heinzelman señala un acorde escrito y acusa su dificultad. Y prosigue: “entonces esto es un Do mayor, y luego el Sol, y aquí un Re menor, ¿qué es eso de Re menor?”.
Respondo, y nuevamente, sobre mi dificultosa frase teutona el viejo me interrumpe: “¿a Lübeck?”.
Se escucha que el próximo alumno ha cerrado la puerta de entrada, y Karl Heinz mira su reloj de pulsera a cuerda, esos relojes que no requieren baterías, que se cargan sólo con el movimiento de la mano, por ejemplo al tocar el piano.
Junta sus papeles, ordena su bolsa de algodón, me pide que le ayude a vestir su campera nueva, la sostengo y el abriga sus brazos, uno a la vez. Lo escolto al borde del aula, la puerta, y en una suerte de despedida Heinzelman interpreta una frase: “suerte, que te vaya bien, y si alguna vez estas por la ciudad al mediodía, hechá una mirada por la ventana, acá estaré, tocando el piano”.
Yo respondo: “nos queda una clase, nos vemos el jueves que viene”.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Ballinstadt




Dos días antes de la llegada del barco, ya los habían ubicado en una pensión cercana a las vías del tren. Un verano de expectativa se dirigía a un otoño corto, que ya se olía en los suelos embarrados con hojas prematuras.
El árbol testigo de su de su próxima partida, era núcleo de juego para los niños. Ella abrazaba su cuerpo vestido de corteza, y fantaseaba llevárselo. Pensaba cada detalle con tal rigurosidad, que si hubiera tenido los medios fantásticos para llevar a cabo su plan, el árbol crecería todavía hoy en su jardín.
Un concierto al aire libre me ha parecido siempre una buena idea, dejar que el viento doble las notas, logrando así una interesante variación de la desgastada música clásica. Las melodías intentan en vano atravesar las correntadas perdidas de viento marino que se cuelan entre el público que se asolea. El flautista pareciera estar especialmente molesto con el problema de la “desafinación” (escrito entre comillas porque he incluido este fenómeno acústico en la interpretación de la obra, le da vida a una sonoridad petrificada). Se nota en su cara, sus labios se tuercen cada vez que toman aire, porque aprovecha a demostrar el asco que este nuevo fiato le produce en cada cesura.
-“Un espacio considerable en el espacio de carga del barco, ya que el árbol necesitaría una base de tierra para sobrevivir, y unos kilos extra para cambiar cuando se quede sin nutrientes. Agua, mucha, este árbol debe necesitar una gran cantidad de agua dulce, y si durante el viaje no llueve, tendría que utilizar alguna reserva. Son muchas ventajas, los niños podríamos divertirnos durante el viaje, eso traería paz a los mayores, que ya descargados de nosotros, podrían dedicarse a sus juegos de cartas y sus planes. Siempre planean los adultos, hablan de llanuras y de fábricas, yo sólo imagino mi árbol en la nueva tierra”-, piensa.
Terminada la música ensillamos nuestras bicicletas y arrancamos hacia el sur, devuelta a casa. Es un tramo largo. Nos detenemos en un lugar que nos ha llamado la atención, es un pequeño amarradero derruido, a la vera del río Elba, donde se encuentran también tres construcciones de similares medidas todas ellas, que parecieran haber sido utilizadas con otra función años atrás. Ahora, en una de ellas, han abierto un restaurante, y ahí es donde vamos a comer algo liviano, para continuar luego nuestro camino.
El día de la partida no pareciera tan glorioso como tantas veces le habían contado. Los cascos salitrosos no brillaban como en el cuento de hadas que su madre le relataba cada noche del pasado verano y el presente otoño, en cambio eran barbas de óxido opaco que cubrían el nombre de cada barco. El día tampoco era soleado y fresco, y la gente allí presente no festejaba la inminente partida, no hubo banquete de despedida, ningún niño revoloteaba alrededor del árbol que, para variar, no viajaría con ellos ni en sueños. Es decir, ni siquiera podría esta pequeña niña llevarse una rama. Que decepción mas grande, ella creyó posible conservar un recuerdo de su amigo, y aunque al lector le suene extraño, ella era optimista con respecto a la idea de llevarse a su amigo entero consigo. Es que la fantasía no tiene límites, y las alentadas por los cuentos antes de irse a dormir de los padres, esas fantasías no solo no tienen límites sino que también toman factibilidad. Así que ese no fue un buen día. Ella no hablaría de este día con sus nietos.
En una de las mesas de afuera, procuro sentarme a la sombra, el sol otoñal no tiene la fuerza del veraniego pero aun así vuelve loco a mi hipotálamo, me genera sed y calor de más. Por sentarme bajo la sombrilla, tengo una vista privilegiada hacia el río y las bicicletas, que descansan junto a un árbol.
Justo con la llegada de la comida me levanto, y mi pareja me mira inexpresiva, algo molesta. Es este insoportable ritual que se me ha hecho tan común: ir al baño antes de comer. Porque debo cruzar el interior del restauran para llegar al baño, paso frente a un negocio de souvenirs que me llama particularmente la atención, ¿por qué habría de vender souvenirs el restauran?. Me tomo el tiempo de investigar qué es lo que todo este merchandising hace recordar a sus compradores. Tasas, banderitas, lapiceras, y muchos otros cacharritos estampados con banderas de diferentes países. El desconcierto crece en mí, la pregunta se retuerce tanto como el labio del flautista irritado. Mapas con rutas de navegación, camafeos por doquier, peluches de ratas con cola hechas de algún material que le permite a uno colgarlas de, por ejemplo, el techo, cual marsupial (que mezcla).
La descripción podría continuar un párrafo más, pero decido dirigirme a las postales, ellas explicarán lo que aquí sucede. Las postales dan siempre la pista, si uno se pierde, ellas nos muestran en qué país, ciudad o lugar nos encontramos, y qué particularidad hay en las cercanías, qué monumento hace que el lugar en el que estamos sea objeto de la historia.
Esperaron horas, todos amontonados entre los depósitos. Al principio casi no se podía hablar con quien estuviera al lado de uno, el griterío, los llamados de atención, las familias intentando organizarse en grupos, juntando a los chicos, cuidando que ninguno se pierda en las oleadas de gente. Todos buscaban un lugar cercano al amarradero, cerca del puente de embarque. Luego, sólo se escuchaban los gritos de los tripulantes informándose durante el largo proceso de carga de equipaje, que, si bien no era mucho, debido a las limitaciones espaciales los cofres de viaje debían apilarse de tal manera que entre cada uno de ellos no queden huecos. No es que nadie hablara, se que se iban quedando sin energía las voces y los pies, entonces las personas se comunicaban en voz baja, nadie quería interrumpir el griterío de los marinos, nadie quería perderse de nada de lo que sucediera, atención absoluta sobre el personal anclado en el puente de embarque.
Ballinstadt dice en cada postal. Fotos del restorán hoy, y el mismo lugar en blanco y negro, pareciera, hace años. En medio de mi investigación entra a la sección de recuerdos mi novia. Tiene mirada de enojo, es que la comida se enfría, hace tiempo que no fui al baño, y ella me ha esperado, se preocupó y vino a ver qué sucedía.
Su rostro cambia a medida que se acerca al negocio. Una vez ella junto a mí, la noto interesada en ver de qué se trata todo esto. Y luego esculcar rápidamente los productos (y sus precios), responde a mi pregunta: “este amarradero era antes un pequeño puerto, del cual, si no me equivoco, zarpó tu abuela hacia argentina cuando niña”, y un instante después confirma: “sí, tu abuela se subió al barco en este puerto”.
76 años después, aquí me encuentro, en Hamburgo, en el barrio de Wilhelmsburg, mirando las fotos en blanco y negro que muestran este mismo lugar otrare, en tiempos de oleadas migratorias, y en todas las imágenes un testigo, un árbol tan viejo como la historia misma, que vio partir a mi Oma, y hoy, ya cansado, observa mi bicicleta.
A los ocho años de vida, ella comenzaba el viaje de su vida. Un viaje que la llevaría a su hogar, un lugar que haría que el no haberse llevado a su amigo de madera con ella no fuera ningún inconveniente, un país que le daría nuevas raíces.
El viento sopla y hace que la música se afine diferente, que un Do de escritura suene a un Si alto. El tiempo pasa y hace que la historia se cuente diferente, pero hay cosas que permanecen igual, trasladan la historia, y lo complicado es llegar a ellas, detectarlas.
Un último trago de gaseosa y terminamos nuestra merienda. Vamos a buscar las bicicletas estacionadas más allá, junto al árbol. Levanto el pie de mi móvil y antes de irnos apoyo mi mano sobre la corteza añeja, un momento. Entonces imagino que la huella dactilar de mi pulgar derecho, se encuentra con la huella de una niña de ocho años, que quiso que este árbol estuviera en su jardín.

domingo, 18 de noviembre de 2012

(sin título)



Hacía mucho que no soñaba con el firmamento acercándose hacia mí, yo acercándome al firmamento. Un suelo que va ganando dimensión con la cercanía, al alejarse. En realidad no es una superficie, sino incontables puntos blancos que dimensionan formas sobre un fondo vacío. Y este sueño fue recurrente, y hace unos años dejó de serlo, ahora sucede pocas veces en el año, o cada años.
Describir la sensación que el sueño siempre me produce (he notado que no cambia) sería lo único que me permitiría explicar el sueño en si. Es la sensación de una caída infinita, pero sin arriba ni abajo, porque no caigo hacia algo, pareciera que ese algo cae hacia mí, que siento caerme. Y casi al encontrarnos se renueva el recorrido (mal llamado recorrido) que nunca deja de reaparecer, o no empieza a aparecer, nunca.
Lo importante en realidad, es que se repite una especie de ciclo. Pero la frecuencia es absolutamente incierta, no tiene número, no se repite igual.
Primero los puntos parecen venirse a mucha velocidad, después están estáticos, y luego algunos más lejanos y otros sobre mí.
Hacía tiempo largo que no tenía este sueño. Lo recuerdo cada vez al despertar, lo he comentado antes del desayuno, como dice el dicho, para que se haga realidad. Pero nada ha sucedido, aunque sí se ha repetido varias veces mientras duermo, como diciéndome: he aquí tu realidad.
La realidad se diferencia de los sueños porque uno choca contra ella. Eventualmente, si no chocamos, podríamos estar soñando. Y lo que el choque trae consigo, un dolor, un estado de shock, es una suerte de prueba. Y el conocimiento del dolor nos convence de no estar soñando. Si no conociera el dolor, no sabría diferenciar entre un sueño y la realidad.
He despertado y todavía es de noche. Ya me he encontrado con la superficie de puntos multidimensionales, y creo haber despertado, y todavía la noche. El insomnio mezclado con el sueño y la noche que comenzó a deshacerse en mi almohada, sigue afuera, leyendo lo que escribo. El nivel de realidad se agudiza, pero no se repite a la distancia, espero el golpe que me indique que el mundo está en su constante devenir, que estoy aquí. Espero un golpe que me de la noción, o despertar.
Mañana, noche atrás, verificaré si el texto que en sueños escribo sigue ahí, o si el duende diabólico de Descartes se lo ha desecho en su risa, la mofa del pequeño desagradable que ha hecho de mí, por años, bóveda de un sueño interminable, indescriptible y suspendido. Y los puntos blancos sobre nada, los puntos de nada sobre lo infinito, toman dimensión a medida que mi anular derecho busca el camino al porvenir, primero la coma que anteriormente presioné, y tanto después el punto.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Quiero un enemigo



 Variación sobre la persona ejemplar de José Ortega y Gasset


Sobre quien tengo grandes reservas (Ortega y Gasset), pero no vienen al caso, empezando por el hecho de que escribió “El espectador” hace ya casi cien años.
La importancia de un enemigo. Lo necesario de tener una contra, y de esta contra lograr un positivo, es decir, a partir del negativo denominar lo opuesto. Cuando hay un otro negativo, entonces uno se puede definir como el positivo, siempre ante la presencia de lo que nos defina como su opuesto.

Estaba sumergida en su tarea, desvariaba sobre algunos recuerdos, y sobre su hombro sintió el roce de una mirada, y supo en ese instante que alguien se encontraba detrás de ella. Supuso también que quien se encontraba a sus espaldas era ella, no ella misma, sino su pareja. Y esta mirada no era de las que le estremecían el abdomen, cual descenso repentino y veloz, en cambio era una alergia lo que estos ojos le referían. Esto se debía a que conocía perfectamente las intenciones de su chica, quien se desprendía de este rótulo a cada paso que sus ojos daban hacia la cocina, donde la primera ella limpiaba algunos vasos.

Son muchos los casos conocidos en los que sólo con la creación de un enemigo, se han llevado a cabo las más atroces empresas. Para no ahogarse en un ejemplo específico, daré como denominador común la guerra. En los últimos años hubo un caso particular que pareció una tomada de pelo, algo en broma, pero que, lejos de serlo, tomo varias vidas: las invasiones a diversos países en pos de obtener pozos de petróleo.
Quiero hacer hincapié en la escusa utilizada por el atacante a la hora de invadir y destruir tierras otras. El fundamento fue el de vencer a un enemigo. A partir de esa premisa, se valió todo para conseguir el verdadero fin, el económico (y aquí hago una pequeñísima aclaración al respecto, ya que el petróleo también podría ser una pantalla del verdadero fin económico: la producción y venta de armamento bélico, que se extiende, luego de una guerra, a los civiles, por medio del miedo ante la posible existencia de un enemigo similar al vencido, terrible).
Desde este ejemplo anterior podemos trasladarnos a otros niveles y contextos sociales. La invención de un enemigo es la vía, el arma, para alcanzar un fin no justo; y los fines injustos son motivo no solo en la guerra, sino también en el común devenir de una democracia, cualquiera que sea el país. En medio de un contexto que no pareciera propiciar la caprichosa creación de un enemigo, esto sucede, y no de manera disimulada, sino con el mismo y descarado método: definirse bueno a partir de ser el opuesto del malo.

Una tarde de otoño invernal, y toda la belleza que esto conlleva, arruinados por una actitud, un comportamiento ejemplar. En realidad, el comienzo de un proceso de erosión detectado, final. Terminó de secar el último cubierto y sin moverse de la mesada, con sus manos apoyadas sobre el horno eléctrico apagado, dirigió sus palabras, pero no su mirada o gesto alguno, a su pareja, y le informó que a partir de ese instante, ya no sería su pareja, que sólo se refiera a ella como su ex, quien dejó de estar a su lado por ser un contraste donde resaltar, al punto de mentir, quien resaltara, para que el contraste sea el defecto, mentir sobre el funcionamiento de las cosas, inventar conocimientos que nunca tuvo, explicar lo que no necesita ser explicado, tomarse el tiempo valiosos de la vida en explicar meticulosamente algo absolutamente absurdo, sólo para dejar en claro que la razón, la verdad, estuvo siempre de su lado, no importa en qué estado (útil o inútil), la verdad siempre junto a ella. Ella, que dejaría de ser pareja de quien esta noche secara los platos, para convertirse en una persona ejemplar, sola, y con la verdad en su mano.

Este es el renglón adecuado para aclarar a qué a punta este falso ensayo. El ser bueno definiéndose como opuesto del malo, es una falsedad. El que uno sea opuesto al malo, no quita a uno su maldad, o mejor dicho, siendo opuestos al malo no obtenemos bondad, no somos buenos por no aceptar lo que el malo, sino por hacer “el bien”, o hacerla bien (en su acepción positiva).
José trata en su ensayo el problema de la persona ejemplar, el ejemplo de persona bien: este ser se identifica a sí mismo como buena persona a partir de lo mala persona que es el otro. En realidad en el texto de Ortega y Gasset la persona es ejemplar señalando lo que el otro hace mal. Entonces (y resumiendo) la persona ejemplar necesita de un otro que haga su parte defectuosa, para así contrastar y ser la otra opción, la que está en lo correcto.
Me resulta tanto más interesante que detectar a estos seres ejemplares, encontrar sus límites. Pareciera ser un objetivo útil saber hasta qué punto a una persona le urge ser ejemplar, qué lo llevaría a desear esto, y qué tanto haría para lograrlo. ¿Iría alguien a pasar por sobre un semejante para lograr su cometido?, ¿de qué manera pasaría sobre otros?, ¿qué sería pasar sobre otros?, ¿qué otros?.
Esta última pregunta es la chaveta de este ensayo, el detonante. Porque algo que la persona ejemplar se pregunta antes de trajearse de malos ejemplos, es “quién puede ser mi fondo en este contraste?”. Anteriormente escribí que la persona ejemplar requiere o mejor dicho, depende del defectuoso accionar de otro. Ahora bien, no es sencillo encontrar a otro que haga mal las cosas, que las haga tan mal como para dejar bien parado al ejemplar. Es aquí entonces donde comienza la campaña de “erosión de la moral”. Poco a poco, y de manera constante, la persona ejemplar va degradando algún aspecto aparentemente ético de su víctima (la cual pasará luego, a ser el victimario).
Este proceso abunda en hipocresía y falacias, se llena cada instante de tranquilidad del otro atacado, de falsos consejos (en un principio), sugerencias (luego de un tiempo) y finalmente lamentos, suspiros desalentadores y meneos faciales redundantes, acompañados de un coreográfico ascenso de las cejas. Pero nunca un argumento. ¿Está el otro en condiciones de discernir en tal melaza una razón?, en la mayoría de los casos no. Y esto es lo que la persona ejemplar busca en un enemigo, falencias en la detección de argumentos ajenos y la concepción de los propios.
Al entrar el nuevo enemigo en esta dialéctica falaciega, ha caído en la trampa, entró al campo, ya no dialéctico sino de batalla, de la persona ejemplar, y como esta persona se ha empeñado en hacerse ver bien durante su campaña de erosión, el enemigo empieza la carrera que a la nada lleva, con desventaja, ya que dentro de la dicotomía, el lugar del bien esta reservado, ya hace tiempo y por contraste, por la persona ejemplar.

Con el pasar de los años la verdad fue tomando un sabor amargo, tan lejano al placer de elevarse sobre los demás, ya con toda la razón y la verdad en ella, no hubo nada más que tomar, nadie a quien explicar, ya no quedó mal para hacer bien, y una vez sin el contraste, su persona quedó vacía, sin razón de ser.